CÓMO VOLVER A DISFRUTAR DEL BEATBOX

Llevo un tiempecito sin ganas de hacer beatbox. No siento rechazo, por supuesto, pero ya no tengo tantas ganas de coger el micrófono. Siento que ya no tengo el entusiasmo de antes y me duele. Sabiendo esto, me empecé a preguntar qué era aquello que me había quitado la ilusión. ¿Qué había cambiado en el beatbox, en mi forma de verlo o en mí, que me hacía no tener tanta motivación como antes? En este punto hice un poco de introspección intentando entender la raíz del problema.

Aunque sea una faceta con la que combato, debo admitir que soy más competitivo de lo que me gustaría. En un principio pensé que el problema estaba ahí, en el golpe de realidad que suponía descubrir que no soy tan bueno como me gustaría, la frustración de no mejorar todo lo rápido que quiero y la sensación constante de estar quedándome atrás. Creo que esto fue un factor que contribuyó a mi falta de motivación, pero no creo que fuese la causa principal porque al fin y al cabo, nunca había estado mejor: había hecho una wildcard que la gente había disfrutado bastante, un par de filtros chulos, los beatboxers de la comunidad me daban buen feedback y me motivaban… No me podía quejar.

Entonces, pensé que alejarme un poco podía ser bueno. No debía sentirme culpable, sólo tenía que dejar que el silencio hiciese su trabajo y me devolviese las ganas; porque cuando algo es para ti, vuelve, aunque sea de otra forma, por eso donde muchas veces creemos ver pérdidas, sólo hay evolución. Esta fue la filosofía que intenté aplicar a mi burnout, y… funcionó, pero no del todo. Esta teoría en cierto modo fue cierta, ya que: sí, encontré la solución a mi problema, y en parte fue por el paso del tiempo, pero no sin antes una reflexión y una respuesta a la pregunta que me llevaba haciendo un tiempo.

Pasaban los días, las semanas y los meses y la cuestión era la misma: ¿Por qué ya no me sale hacer el arte que antes amaba? No voy a mentir, tampoco me quitaba el sueño, pero no entendía qué había cambiado, por qué ya no era como antes y me frustraba no entenderlo. Entonces, sin buscarla, llegó la respuesta. Yo estaba frente al ordenador, escribiendo un artículo sobre la globalización, concretamente el párrafo que escribía en ese momento hablaba sobre la falta de identidad de la sociedad en cuanto al estilo de vestimenta y la forma en que nos hemos convertido en clones unos de otros. Entonces lo vi.

De la misma forma que muchas entidades pierden su identidad con el paso del tiempo, yo en cierto modo me había olvidado de la mía. De tanto pensar en la competición me había olvidado de la esencia del beatbox. Había entrado en un bucle de hacer beatbox sólo para mejorar, mejorar para batallar, batallar para competir y competir para ganar. Al no llegar las victorias o la mejoría inmediata, venía la frustración y la decepción: valorar tu autoaprobación en forma de victorias es una práctica peligrosa. Sin darme cuenta había convertido cada ensayo en un momento de presión en el que me obligaba a mejorar, sacar sonidos o rutinas nuevas en lugar de un momento de libertad, paz y diversión. Me olvidé del significado del beatbox. Me perdí entre la competición.

El beatbox significa fiesta, significa alegría, significa libertad; es un arte, una forma de expresarse, una herramienta con la que componer, compartir y conocer. El beatbox es un lienzo en blanco donde tú utilizas los pinceles y colores a tu libre albedrío y puedes hacer un cuadro triste, un cuadro alegre, un cuadro raro, un cuadro simple… Esa es la esencia del beatbox, que el cuadro es tuyo.

Pues bien, sin ánimo de generalizar, creo que hay muchos perfiles a los que les comen las ganas de competir, batallar y ganar, y se acaban olvidando de que el beatbox no significa necesariamente competición. El beatbox nació de la fiesta, la alegría y el gozo, no nació como un arte estrictamente competitivo. Luego llegó la competición, que es una opción brutal, con grandes oportunidades para mostrar tu talento, pero que no es necesariamente el único camino. Creo que es esta percepción colectiva en la que el único sendero posible son las batallas es la que crea esta sensación de angustia y obsesión por mejorar. Si no mejoras, no ganas y si no ganas, no vales.

Ahora me gustaría proponerte un ejercicio: para un momento. Mira para atrás. ¿Recuerdas cuándo empezaste? ¿Por qué empezaste? ¿Recuerdas la ilusión con la que veías los primeros vídeos? ¿Recuerdas las mariposas en el estómago con tu primer liproll? ¿Tenías esa obsesión por ser el mejor? ¿O simplemente disfrutabas flipando con los sonidos que podía hacer tu cuerpo?

Más allá de la competición, existen infinitas formas de vivir el beatbox sin convertirlo en una carrera constante: hacerlo por puro placer, sin objetivos ni métricas, simplemente por el gusto de sentir el sonido en el cuerpo; salir a la calle y compartirlo, ya sea para ganarte unas monedas o para regalar un momento a quien pasa, recuperando ese contacto directo y honesto con la gente; imaginar escenarios distintos a la batalla, como shows musicales donde el beatbox acompaña y dialoga con otros artistas; micros abiertos en los que se comparte sin compararse, o incluso espectáculos híbridos que mezclen beatbox y comedia, baile, o incluso otros instrumentos musicales. Estas actividades tienen una diferencia muy importante respecto de la competición: el foco no está en demostrar nada sino en comunicar. Pensar en estas alternativas es recordar que el beatbox no es un examen constante, sino un lenguaje que puede adaptarse a lo que tú necesitas en cada etapa, un espacio donde crear, jugar y disfrutar sin la presión de tener que ganar para sentir que vales.

Aunque todos los lectores ya lo saben, para concluir, me gustaría recalcar que la competición está genial, es un camino brutal lleno de diversión, emoción y gente maravillosa. Entrenar cada día con la única intención de mejorar es estupendo, es admirable la disciplina que supone estar cada día frente al micrófono. Sin embargo, en los tiempos que corren —y esto no solo aplica al beatbox— parece que la única opción sea competir, ser el mejor y ganar; siempre ganar. Por eso creo que compartir mi vivencia puede disipar la niebla que oculta las demás ramas del árbol del beatbox y recordar que no todo es conseguir objetivos materiales. No todo es competición.